¿Qué sentía San Pedro por sus enemigos? ¿Amor u Odio?

¿Qué sentía San Pedro por sus enemigos? ¿Amor u Odio?█

Las contradicciones son las huellas que quedan cuando se mezclan textos escritos por personas con voluntades opuestas: la voluntad de quienes buscaban justicia y la voluntad de quienes buscaban que sus crímenes quedaran sin recibir un castigo justo.

«¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre?» (Apocalipsis 6:10)

No niego la existencia de los santos; niego la autenticidad de todo lo que la Biblia les atribuye.

Nos dicen que San Pedro murió asesinado por sus enemigos. Pero ¿no es precisamente ese deseo de justicia —que en Apocalipsis se expresa como un clamor por venganza— un tornillo que no encaja con el supuesto “amor a los enemigos”, sino con el rechazo hacia ellos?

Cuando empecé a leer la Biblia con detenimiento encontré contradicciones evidentes. Por un lado, Eclesiástico 12:7 afirma: «Ayuda a los buenos, pero no a los malvados, porque el Altísimo los aborrece y al final les dará su merecido». Por otro lado, Mateo 5:44–46 ordena amar a los malvados, bendecirlos y hacerles bien, imitando un supuesto amor universal de Dios.

Si Eclesiástico dice que Dios aborrece a los malos, ¿cómo puede Jesús enseñar que Dios ama a los malos? ¿Predicó Roma a un Jesús mentiroso, o Roma nos mintió sobre lo que Jesús realmente enseñó? No olvidemos que todo lo que hoy llamamos “Biblia” pasó por concilios dirigidos por emperadores romanos, el mismo imperio que ejecutó a Jesús. Y hoy, el representante de la iglesia creada por ese imperio afirma que “Dios ama a todos”. Para mí, esto no tiene sentido.

He encontrado más pistas: los santos nunca amaron a sus enemigos, y el Dios de los santos tampoco ama a los malvados. Ese ejemplo que Mateo atribuye a Jesús —Dios amando por igual a buenos y malos— no tiene fundamento ni en otras escrituras ni en la lógica moral.

Proverbios 29:27 dice: «Los justos detestan a los malvados, y los malvados detestan a los justos». Si la Biblia presenta a Jesús como justo, y los justos detestan a los malvados, ¿cómo podría un justo entregar su vida para beneficiar a los malvados?

Sin embargo, otro texto atribuido a un justo afirma lo contrario: 1 Pedro 3:18 dice que “el justo murió por los injustos”. ¿Cómo puede ser coherente que un santo que en otros mensajes expresa desprecio hacia los malvados, hable de un justo sacrificándose por ellos?

Observemos 2 Pedro 2:12: «Como animales irracionales, nacidos para ser capturados y destruidos… serán destruidos». ¿Acaso Dios entregaría la vida de su hijo justo para salvar a quienes son comparados con animales irracionales? ¿Pedro contradice los sentimientos de los justos, o los injustos que lo mataron falsificaron también sus palabras?

Proverbios 17:15 añade que Dios detesta tanto al que condena al justo como al que justifica al malvado. Entonces, afirmar que los malvados quedan “justificados por gracia” simplemente por creer en textos contradictorios definidos por representantes del Imperio Romano —y no por los santos asesinados por ese imperio— carece de sentido.

La profecía en Salmos 5 también es clara: Dios no tolera la maldad, el malvado no habitará junto a Él, y Dios aborrece a los que hacen iniquidad.

Aun así, los líderes religiosos modernos se oponen a la pena de muerte para asesinos, extorsionadores, violadores y asaltantes con la excusa de que “Dios ama a todos”. Pero ya vimos que esa excusa no tiene base ni textual ni lógica.

La estocada final al dogma

Imaginemos una dictadura tirana que obliga a la gente a inclinar la cabeza ante la estatua de su dictador, y que ejecuta en la silla eléctrica a quienes se niegan. Siglos después, ese mismo legado exige que la gente doble las rodillas ante imágenes de la silla eléctrica.

Eso es lo que veo cuando el dogma exige arrodillarse ante la cruz.

La cruz fue, para Roma, lo que la silla eléctrica es para una dictadura moderna: un instrumento de ejecución. Allí Roma no solo mató a Espartaco y a los esclavos que buscaban libertad, sino también a Jesús, a Pedro y a otros que —según se infiere de algunos textos— se negaron a inclinar la cabeza ante la imagen de la bestia.

Su voluntad estaba del lado de la justicia y sus obras eran justas; la voluntad de sus perseguidores, en cambio, estaba guiada por el apego a la injusticia. Esa diferencia entre pensamiento y obra de cada bando es la marca en la frente y en la mano: la mente que decide y las acciones que ejecutan esa decisión.

Si la marca en la frente es la marca de la bestia, escuchar palabras justas no marcará la diferencia: «los impíos procederán impíamente, y ninguno de los impíos entenderá» (Daniel 12:10). «Aquí hay sabiduría… el número de la bestia es número de hombre» (Apocalipsis 13:18).

No marcó la diferencia antes: los perseguidores romanos escucharon a los santos, pero igual los asesinaron.

Los mártires no amaron a quienes los mataron. «¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre?» (Ap 6:10). Ese clamor no proviene del amor al enemigo, sino del deseo de justicia contra él.

Y cuando el dogma exige arrodillarse ante el instrumento de ejecución de los enemigos del Imperio romano, no está honrando a los santos: está honrando la voluntad de quienes los mataron.